Ella se sentía perdida. Perdida y sola.

Se dejaba llevar por la locura diaria, por sus tormentas que seguir, por el caos establecido e indiscutible.

Cada noche, cuando la casa callaba y su cama se abría sola, de nuevo, ante ella, su mente echaba a volar.

No volaba a lugares, volaba a momentos. Y aunque en su día no sobraba un segundo, le invadía una extraña desazón. La angustia y la seguridad de que había perdido el tiempo.

Sabía que no había escuchado. Que algunas palabras se las llevó el aire. Y esas palabras no vuelven.

Sentía que no había disfrutado ese abrazo; no se fundió en él, el mundo siguió girando. Y lo más triste es que ese abrazo era lo que más necesitaba.

Siguió caminando cuando necesitaba parar. Y apretó el paso cuando necesitaban parar ellos.

No podía contar las sonrisas que había provocado. Ni siquiera sabía si provocó alguna. ¿Ella había reído? Seguramente no. Esa mueca forzada, un gesto casi autómata, no podía considerarse reír.

Había pasado tanto tiempo sin hacerlo que había entrado en el cajón desastre de sus emociones.

Tras la noche volvía el día. Y caía de nuevo en sus errores. Sola. Porque aunque él no se había ido de su vida; en los días que no estaba, escucharlo no era sentirlo.

Intentaba buscar soluciones a los descosidos que se hacían sus almas. Sobre todo la suya. Se había prometido vivir y no lo estaba haciendo.

Y aunque lo intentaba, no lograba engañarse. No creía estar haciendo lo correcto. No lo hacía bien.

Nada puede ser lo adecuado si no te hace feliz.

Sabia que no duraría mucho más. Estaba segura de ahogar todo aquello. De parar. De reír. Correr sólo para ganar. Y hacerlo juntos.

No forzar más el paso. Ni el suyo ni el de ellos. Volver a tener tiempo de amar. Y de disfrutar del amor que le daban.

Cambió su forma de existir, que no sus prioridades. Pero temía olvidarlas algún día. Así que aquella mañana se levantó. Y el sol salió con ella.

Respiró, cogió sus manos, besó, escuchó atenta… Esa noche el sol no se escondió. No se sintió sola. Su alma volvió a brillar, para siempre. Era ella…

Autora: Saray Jiménez Pulido

(Todos los derechos reservados)

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